Dios pudo habernos creado como robots, incapaces de equivocarnos. Sin embargo, nos dio el regalo más grande: la libertad. Porque donde no hay libertad, tampoco puede existir el amor.
Ese mismo regalo es el que nosotros debemos aprender a ofrecer a nuestros hijos.
La parábola del hijo pródigo Lucas 15,11-32, comienza con un hijo que toma una decisión profundamente equivocada. Pedir la herencia mientras el padre aún vivía era una ofensa enorme en la cultura judía; era como decirle:
“Prefiero tus bienes antes que a ti”.
Y, sin embargo, el padre no lo obliga a quedarse.
No lo manipula. No lo persigue. No intenta controlar cada uno de sus pasos. Simplemente respeta su libertad.
Eso no significa que estuviera de acuerdo con la decisión de su hijo. Significa que entendía que nadie puede amar, cambiar o convertirse por obligación
Muchos padres vivimos agotados tratando de controlar aquello que solo Dios puede transformar. Revisamos sus redes sociales, buscamos saber dónde están, resolvemos los problemas que ellos mismos provocan, pagamos las consecuencias de sus malas decisiones y, sin darnos cuenta, impedimos que aprendan de ellas.
El padre del hijo pródigo hizo algo muy diferente.
Esperó.
Seguramente lloró. Seguramente rezó. Pero esperó. La Escritura dice:
“Volviendo en sí…” Lucas 15,17
Ese momento no ocurrió en la casa del padre.
Ocurrió cuando el hijo experimentó las consecuencias de sus decisiones.
La conversión nació en su propio corazón.
Como padres, debemos preguntarnos con humildad:
¿Estoy ayudando a mi hijo… o estoy evitando que enfrente las consecuencias de sus actos?
Hay una diferencia enorme entre amar y rescatar constantemente.
Amar es estar disponible.
Rescatar continuamente puede impedir el crecimiento.
Esto no significa abandonar a nuestros hijos ni desentendernos de ellos. Mucho menos cuando existe una situación de peligro, una enfermedad mental o una adicción que requiere ayuda profesional. Amar también significa buscar apoyo cuando es necesario.
Pero incluso en esos casos debemos recordar algo: nadie puede decidir por otra persona convertirse, cambiar o aceptar la ayuda.
Solo Dios puede tocar el corazón.
Y nosotros debemos confiar en que Él ama a nuestros hijos infinitamente más de lo que nosotros mismos somos capaces de amarlos.
El final de la parábola también nos enseña cómo debemos recibirlos.
Cuando el hijo regresó verdaderamente arrepentido, el padre no le pasó factura.
No le recordó sus errores.
No lo humilló.
Corrió hacia él, lo abrazó, le puso el anillo, las sandalias y organizó una fiesta.
Así es el corazón del Padre.
Y así debería ser también el nuestro.
Eduquemos con límites.
Amemos con libertad.
Oremos sin descansar.
Y confiemos en que Dios sabe llegar al corazón de nuestros hijos mucho mejor que nosotros.