Hay momentos en la vida de nuestros hijos(as) en los que, humanamente, pareciera que ya hemos hecho todo.

Hemos hablado, aconsejado, corregido, acompañado, buscado ayuda, llorado y orado. Y, sin embargo, no vemos el cambio que esperamos.

Puede tratarse de una enfermedad física, mental, de una herida emocional, de una adicción, de una crisis espiritual, de decisiones equivocadas o simplemente de un hijo que parece haberse alejado completamente de Dios.

Y entonces puede aparecer una de las tentaciones más dolorosas para unos padres: pensar que ya no hay nada que hacer.

El Evangelio nos presenta a un padre que se encontró precisamente frente a una situación así.

Su nombre era Jairo.

Su hija estaba gravemente enferma y él sabía que humanamente no podía hacer nada más. Pero había algo que todavía podía hacer: buscar a Jesús.

San Mateo recoge una expresión extraordinaria de su fe:

«Mi hija acaba de morir; pero ven, impón tu mano sobre ella, y vivirá.». Mateo 9,18

Jairo no le explica a Jesús cómo debe solucionar el problema. No le presenta argumentos. No tiene garantías.

Simplemente cree.

Y Jesús se pone en camino con él.

Jesús también camina hacia nuestros hijos(as).

Esta escena contiene una esperanza inmensa para quienes somos padres.

Cuando ponemos a nuestros hijos(as) delante de Jesús, quizá no veamos inmediatamente el milagro, pero podemos tener la certeza de que Jesús ha escuchado nuestra oración.

Sin embargo, el camino de Jairo hasta el milagro no fue sencillo.

Mientras Jesús iba hacia su casa, una multitud lo rodeaba. En medio del camino apareció una mujer que llevaba doce años enferma. Tocó el manto de Jesús y quedó sanada.

Jesús se detuvo.

Podemos imaginar lo que sucedía en el corazón de aquel padre.

Su hija estaba muriendo y Jesús parecía demorarse.

¿Cuántas veces hemos sentido algo parecido?

«Señor, llevo años orando por mi hijo.»

«Señor, ¿por qué no sucede nada?»

«Señor, estoy ayunando, rezando, confiando… ¿por qué parece que atiendes otras situaciones mientras la mía continúa igual?»

Pero la demora de Dios no significa su ausencia.

Mientras Jairo esperaba, Jesús seguía caminando hacia su casa.

Y mientras nosotros esperamos, aunque todavía no podamos verlo, Dios también está obrando en la historia de nuestros hijos(as).

«No molestes más al Maestro»

Entonces sucede lo peor.

Llegan de la casa de Jairo y le dicen:

«Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro.» Lucas 8,49

Qué frase tan actual.

También nosotros podemos escuchar voces parecidas:

«Ya no hay nada que hacer.»

«Tu hijo nunca va a cambiar.»

«Acepta que esto no tiene solución.»

«¿Todavía sigues rezando por eso?»

«¿Todavía estás ayunando?»

«No seas fanático.»

Incluso esas palabras pueden venir de personas cercanas, personas que amamos y que quizá quieren evitarnos más sufrimiento.

Pero entonces Jesús pronuncia unas palabras que todo padre debería guardar profundamente en el corazón:

«No temas; solamente ten fe.» Lucas 8,50

Jesús no le pide a Jairo que comprenda.

Le pide que confíe.

Sigue caminando con Jesús.

Jairo tenía dos posibilidades: detenerse ante la noticia o continuar caminando con Jesús. Y continuó.

Ese puede ser también nuestro llamado como padres.

Tal vez todavía no vemos la conversión.

Tal vez todavía no vemos la sanación.

Tal vez nuestro hijo sigue lejos de Dios.

Tal vez la situación familiar parece incluso haber empeorado.

Sigue caminando con Jesús.

Continúa orando.

Continúa ofreciendo.

Continúa ayunando.

Continúa amando.

Continúa creyendo.

Porque nuestra esperanza no está puesta únicamente en lo que nuestros ojos pueden ver hoy, sino en Quién camina a nuestro lado.

Cuando otros se ríen de nuestra fe.

Al llegar a la casa, todos lloraban por la niña.

Jesús dijo:

«No lloren; no está muerta, sino que duerme.» Lucas 8,52

Y el Evangelio añade algo impresionante:

se burlaban de Él.

También puede ocurrirnos.

Habrá quienes no comprendan por qué seguimos creyendo cuando humanamente todo parece perdido.

Pero nuestra fe no está fundamentada en las opiniones de los demás.

Creemos en Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre.

El Señor que levantó a aquella niña continúa teniendo poder para levantar aquello que nosotros consideramos perdido.

Puede sanar un cuerpo.

Puede sanar una enfermedad mental.

Puede sanar lo que médicos o psiquiatras dicen que es incurable.

Puede restaurar un corazón.

Puede liberar de una adicción.

Puede reconstruir una familia.

Puede devolver la esperanza.

Y, sobre todo, puede resucitar espiritualmente un corazón que parecía muerto.

«Niña, levántate»

Jesús entró donde estaba la niña, la tomó de la mano y dijo:

«Niña, levántate.» Lucas 8,54

Y ella se levantó.

Quizá hoy haya algo en la vida de nuestros hijos(as) sobre lo cual necesitamos escuchar espiritualmente esas mismas palabras de Jesús:

«Levántate.»

Levántate de aquello que te esclaviza.

Levántate de la desesperanza.

Levántate de aquello que te ha alejado de Dios.

Levántate y vuelve a vivir.

Nosotros no podemos realizar ese milagro.

Pero sí podemos hacer lo que hizo Jairo:

Llevar a nuestros hijos(as) hasta Jesús y permanecer caminando con Él.

Comencemos a agradecer antes de ver

Hoy quisiera proponerte un ejercicio de fe.

Piensa en aquello que llevas tanto tiempo pidiendo por uno de tus hijos(as).

Y durante los próximos días, además de pedir, comienza a agradecer.

«Señor, gracias por la obra que estás haciendo en mi hijo, aunque todavía no pueda verla.»

«Gracias porque sé que lo amas infinitamente más de lo que yo puedo amarlo.»

«Gracias porque mientras yo espero, Tú estás obrando.»

«Gracias porque mi hijo te pertenece.»

Agradecer antes de ver no significa exigirle a Dios que haga exactamente lo que nosotros queremos. Significa reconocer que podemos confiar nuestros hijos(as) a sus manos aun cuando todavía desconocemos cómo terminará la historia.

La fe madura no dice:

«Dios hará exactamente lo que yo he imaginado».

La fe dice:

«Dios está aquí. Dios escucha. Dios ama a mi hijo. Y yo seguiré caminando con Él.»

Para guardar en el corazón

Quizá hoy alguien te esté diciendo: «Ya no molestes más al Maestro».

Jesús te responde:

«No temas; solamente ten fe.»

No sueltes su mano.

No abandones la oración.

No pierdas la esperanza.

Sigue llevando a tus hijos(as) delante de Jesús.

Porque mientras tú continúas caminando con Él, Dios puede estar escribiendo una parte de su historia que todavía no alcanzas a ver.

Oración

Señor Jesús, hoy pongo nuevamente a mis hijos(as) en tus manos. Donde yo no puedo llegar, llega Tú. Donde mis palabras ya no alcanzan, habla Tú. Donde exista una herida, toca Tú. Y cuando humanamente parezca que ya no hay nada que hacer, recuérdame tus palabras: «No temas; solamente ten fe». Dame la perseverancia de Jairo para seguir caminando contigo, aun cuando todavía no vea la respuesta. Amén.

«No temas; solamente ten fe.»  Lucas 8,50