Dios no improvisa las vocaciones.
Cuando el Señor pone en tu corazón el anhelo de compartir la vida con alguien, es Él mismo quien lo sembró. Pero el deseo no significa inmediatez. Significa proceso.
Nosotros queremos lo inmediato. Dios trabaja en procesos.
Nosotros queremos resultados. Dios forma corazones.
Es necesaria la preparación!!!!
Dios prepara… y te prepara
Mientras tú piensas en esa persona con la que anhelas compartir tu vida, Dios está obrando en dos direcciones al mismo tiempo.
Prepara a esa persona.
Y te prepara a ti.
Y muchas veces la preparación más profunda no es encontrar al otro, sino convertirte tú en alguien capaz de amar correctamente.
La Palabra nos recuerda:
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. Eclesiastés 3,1
Dios es un Dios de orden. Un Dios que busca tu felicidad verdadera, no tu emoción pasajera. Y la felicidad profunda no se construye en un día, sino en un proceso de maduración espiritual.
Ora activamente
Muchos oran diciendo:
“Señor, mándame una buena persona.”
Pero orar activamente es algo más profundo.
Orar activamente es decir:
“Señor, forma en mí el corazón que necesita esa persona que Tú has pensado para mí.”
Muchos dicen:
“Quiero un San José.”
“Quiero una María.”
Pero la pregunta verdadera es:
Si buscas un San José, ¿ya eres una María?
Si buscas una María, ¿ya eres un San José?
No puedes pedir virtudes que tú mismo no estás dispuesto a cultivar.
Porque si no estás preparado, aunque la persona correcta pase frente a ti, no la reconocerás.
Tendrás los ojos vendados por tus heridas. Tendrás los oídos llenos de voces que no vienen de Dios.
La espera purifica la mirada
Cuando el corazón madura en la oración, en la lectura de la Palabra, en la conversión diaria, algo cambia: se afina el discernimiento, se fortalece la voluntad, se ordenan los afectos. Y entonces puedes caminar paso a paso:
Primero la amistad.
Luego un noviazgo según la voluntad de Dios.
Un noviazgo en castidad, donde el respeto y la pureza construyen cimientos sólidos.
Y finalmente el matrimonio, donde la intimidad es un regalo santo, bendecido por Dios, vivido en fidelidad y entrega total.
La intimidad no es algo trivial. Es sagrada. Es don. Es santificación cuando se vive dentro del orden querido por Dios.
El error más grande en las relaciones
Hay un indicativo muy claro de que el corazón está listo para amar correctamente: cuando ya no buscas en el otro lo que solo Dios puede darte.
Cuando te sientes pleno en el Señor, cuando has aprendido a estar en paz contigo mismo, cuando tu alegría no depende de la presencia de alguien más, entonces estás en posición de entrar en una relación desde la libertad y no desde la necesidad.
La señal no es la urgencia, sino la estabilidad interior. No es la sensación de soledad, sino la serenidad.
Cuando sientes que nada te falta porque Dios ha ordenado tu interior, ese es un indicativo de madurez. No entras a una relación para que te completen, sino para compartir lo que ya eres.
Entramos a muchas relaciones con una frase equivocada:
“Quiero ser feliz.”
Pero la espera en Dios te enseña algo radical:
Tú ya eres completo en Él. No estás esperando a alguien que te haga feliz. Estas esperando para convertirte en alguien capaz de hacer feliz al otro.
Cuando una persona entra en una relación buscando que el otro lo llene, inevitablemente termina exigiendo.
Pero cuando entra desde la plenitud, desde la amistad con Dios, desde la madurez interior, entra para donarse.
Y cuando dos personas entran así, la felicidad no se exige. Se comparte.
No tengas miedo de esperar. Ten miedo de elegir sin haber madurado.
Porque lo que se construye sin proceso se derrumba con facilidad. Pero lo que Dios edifica en el tiempo correcto, permanece.
“Porque la visión aguarda el momento fijado, ansía llegar a término y no fallará; si parece que se demora, espérala, porque vendrá seguramente, y no tardará.” Habacuc 2,3
Si hoy sientes que todo parece demorarse, recuerda: Dios no retrasa tu felicidad. La está preparando.