En nuestro primer encuentro reflexionábamos sobre el mejor regalo que podemos darles a nuestros hijos: la oración; pero también descubríamos algo que puede resultar desafiante: cuando comenzamos a orar por ellos, Dios no solamente quiere actuar en sus vidas… quiere actuar primero en nosotros.
La oración nos invita a iniciar un camino. Un camino de crecimiento, de conversión, de confianza y de combate espiritual; porque, aunque muchas veces lo olvidemos, nuestro combate no es contra nuestros hijos, ni contra sus decisiones, ni contra las circunstancias que vivimos con ellos.
“Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio.” (Efesios 6,12)
San Pablo nos recuerda que estamos en una batalla espiritual. Y Dios, en su amor, no nos deja desarmados.
Hoy quisiera compartir dos herramientas sencillas, pero profundamente poderosa, para continuar este camino.
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La espada del Espíritu que es de Palabra de Dios: dejar que Dios nos hable y nos transforme
Una de las armas del combate espiritual es la Palabra de Dios. Y, curiosamente, a veces la subestimamos precisamente por su sencillez.
Nos parecemos un poco a Naamán cuando el profeta Eliseo le pide algo aparentemente simple: bañarse siete veces en el Jordán. Naamán se enoja. Esperaba algo más espectacular, más complejo, más extraordinario. Hasta que alguien le hace ver una verdad profunda: si le hubieran pedido algo difícil, probablemente lo habría hecho sin cuestionar.
¿Cuántas veces nos pasa lo mismo?
Seguimos dando vueltas alrededor del mismo dolor, del mismo miedo, del mismo problema durante años, a veces décadas y, sin embargo, dejamos cerrada la fuente de donde Dios quiere hablarnos, sanarnos y transformarnos desde la raíz.
La lectura diaria de la Palabra no es una práctica secundaria ni un simple ejercicio de devoción. Es Dios hablándonos al corazón.
Es allí donde Él corrige con amor, consuela nuestras penas, ilumina nuestra oscuridad, desenmascara las heridas ocultas, fortalece nuestra esperanza y graba en el corazón sus preceptos y su propósito eterno para cada uno de nosotros. Allí también nos revela, con misericordia y verdad, aquello que necesita ser transformado en nuestra vida.
No hace falta comenzar con algo complicado. Basta abrir la Biblia con humildad y perseverancia, aunque al principio parezca sencillo o incluso “insuficiente”.
La Iglesia nos recuerda esta verdad con fuerza. En Verbum Domini, el Papa Benedicto XVI afirma:
“La Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana.”
No podremos sostener un camino de crecimiento, ni una batalla espiritual, si no aprendemos a alimentarnos de la voz de Dios.
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Entregar radicalmente a nuestros hijos a Dios
Este segundo paso puede parecer sencillo de decir… pero muchas veces es uno de los más difíciles de vivir. Entregar realmente a nuestros hijos a Dios. No una entrega de palabras. No una entrega parcial. Una entrega profunda, radical y verdadera.
Lo digo desde mi propia experiencia. Durante mucho tiempo creí que ya había puesto a mis hijos en manos del Señor. Oraba, confiaba… o al menos eso pensaba.
Hasta que comprendí algo muy sencillo: si seguía viviendo dominada por la angustia, la desesperación y la necesidad constante de resolverlo todo por mis propias fuerzas, tal vez todavía no había soltado realmente.
Recuerdo el día en que, delante del Santísimo, pude finalmente entregarles mis hijos al Señor de verdad. Curiosamente, las circunstancias no mejoraron. Incluso parecían empeorar, pero algo cambió profundamente dentro de mí: llegó la paz.
Y esa paz lo cambia todo; porque cuando vivimos desesperados tomamos malas decisiones, buscamos respuestas donde no debemos, actuamos desde el miedo y el agotamiento.
En cambio, cuando vivimos en la paz de Dios, comenzamos a mirar distinto. Podemos escuchar mejor. Podemos discernir. Podemos crecer.
Y desde esa paz, alimentados por la Palabra, empezamos también a vernos con mayor verdad: nuestras heridas, nuestras reacciones, nuestras áreas de conversión, todo aquello que Dios quiere sanar en nosotros.
San Francisco de Sales decía:
“Nada turbe tu corazón; abandónate completamente a la Providencia de Dios.”
Este abandono no sucede de un día para otro. También es un camino; pero vale la pena pedir esa gracia con insistencia. La gracia de poder soltar verdaderamente.
La gracia de confiar incluso cuando no entendemos. La gracia de descansar en las manos de un Padre que ama a nuestros hijos infinitamente más de lo que nosotros podremos amarlos jamás.
Continuemos el camino, con oración, con la Palabra y con el corazón aprendiendo, poco a poco, el difícil pero liberador arte de abandonarlo todo en Dios.